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lunes, 24 de mayo de 2010

Mari

Mari era así, la peor contadora de historias en la mismísima historia, me sorprendía con qué facilidad una historia que podía ser fantástica o llena de risas ella la volvía algo insípido y poco digno de escuchar, pero ella nunca en caía en cuenta o no le importaba y seguía hablando sin parar: Nos contaba sobre los libros que leyó, sobre sus viajes a la nieve, de sus novios y mil amantes excéntricos. Tenía mil historias, por ende mil historias que arruinar. Odiaba que contara las historias que nos habían sucedido juntas por que le quitaba brillo y emoción y eran historias tan verdaderamente locas que me daba rabia que la gente no les prestara atención. Ese es otro detalle de Mari, con ella nada es normal, suceden cosas tan salidas de este mundo, cosas que a mí, la persona más completamente normal y sin nada extraordinario, parecían lo último y más impactante.

Mari no lo comprendía, no sabia todo lo que me impactaba ella y su mundo de ideas y risas. Y seguía riendo, riéndose de mí, de ella, de vos, de todos, del mundo. A Mari le parecía absurdo este mundo tan gris, este mundo de producción y de sueños de riqueza. Mari se reía de tu ropa, de tu falta de seguridad, de tu falta de imaginación, de tu miedo a vivir, de tu miedo a conocer. Se reía de los sueños pequeñoburgueses de vivir en paz y con comodidades en un hogar con hijos, carro y perro. Se reía de la gente que se cree inmune a todo, se reía de la gente con miedo a amar y en esto claro, se tenía que reír de ella misma.

"Mari Mari" Le decía yo para que me mirara cuando se quedaba absorta mirando la ciudad desde el metro, me miraba y me decía - Qué extraña es esta ciudad, está podrida, está desviada pensando en silicona- Y a los cinco minutos volvía su risotada.

Había días en que no la soportaba y cuando nos encontrábamos no le hablaba al menos en los primeros quince minutos. Ella, claro, no le prestaba atención a esto y seguía hablando y hablando y riendo y riendo, mostrando sus dientes amarillos por el cigarrillo y moviendo sus bellos cabellos castaños y arruinando cada historia que contaba. Me contaba del viejito que vio mientras venia a mi encuentro, de la película que se vio, del hombre que conoció en un parque y se parecía a su padre, de todo de todo hablaba. Hasta que yo no podía más y me unía a su risa.

Mari era un mar completo, profundo, negro y turbulento en unas partes, en otras cristalina y con poca profundidad, esta última era la parte que todos conocían de Mari, la de las risas e historias malas. A mí me tocaba a veces la parte negra. Y aunque esta parte hubiera alejado a la mayoría, a mí me unió más a ella. Por eso tal vez ella soportaba todo de mí y solo se reía de mis incoherencias y de mi falta de seguridad. Éramos de verdad amigas. Yo hacía que el mundo de Mari se mantuviera estable. Hacía que ella soportara un poco las injusticias de la vida, que no condenara a todo con lo que tenía que vivir, en sí hacía que Mari soportara este mundo artificial sin que se matara o matara a todos. Como escape a esta ciudad podrida ella tenia la risa y a mí.

Pero un día Mari no aguanto más, ya no era capaz de reírse de todo lo feo del mundo, por que de verdad ya le dolía mucho, le dolía el pecho, la cabeza; tenía jodida su existencia cuestionándose todo. Y un día Mari me dejó una nota debajo de mi puerta: "Me voy de esta ciudad de putas y siliconas, de gente cómoda comprando y de mentes sin memoria. Me voy a hacer parte de la solución". Esa fue su despedida, digna de todo el dramatismo que perseguía a Mari.

Yo hoy sigo acá, pensando en ella. Y preguntándome que tendré de malo o de bueno que no fui capaz de seguir a Mari.


Carolina P

domingo, 6 de septiembre de 2009

Julia

Recuerdo cuando le regalé esa vajilla de porcelana, Julia la cuidaba tanto que un día llegué a pensar que la amaba más que a mí, la guardaba en una repisa y la sacudía a diario, en las noches antes de acostarse, la miraba y se echaba la bendición como si fuera el mismísimo corazón de Jesús.

Era un vajilla tan común, tan simple, tan vajilla… no entiendo porque era tan importante, porque nunca pudimos saborear uno de esos sancochos o “sudaos” que tanto nos gustaban en uno de esos platos, siempre sacábamos los de plástico porque Julia decía que su vajilla sólo iba a ser usada cuándo la ocasión lo apremiara.

Cada vez más ancianos, cada vez mas inertes, cada vez más simples, cada vez había menos ocasiones importantes, la vajilla seguía exhibida pero no empolvada, porque ni siquiera el mal de Parkinson evitaba que mi querida Julia acariciara cada plato diariamente y me acariciara menos a mí.

Uno, dos, cuatro años y Julia ha muerto, me quedé solo, solos la vajilla y yo como al principio, como cuando la compré en aquel almacén, julia nunca probó bocado en estas porcelanas y hoy parece que la ocasión lo amerita, así que comeré fideos en platos sacudidos y bendecidos, ya que para julia el momento indicado era el día de su muerte.


Alicia.

miércoles, 2 de septiembre de 2009


...Muerte, soy la muerte viva!, estoy muerta. Soy la muerte en los laberintos, en las luces, en el fuego, en el día, en laluna. Soy la de cabellos enmarañados y labios rojos, la de la esquina, la de tangos y bandoneones, la de rosas, la de vírgenes y santos, la de locos y mendigos, la de madres que lloran pariendo a sus hijos, la del viento.

No soy la que calla ni olvida,son ellos los que me huyen y censuran, los que temen reconocer mi existencia y me borran de sus mentes para sentirse cómodos y tranquilos.

Sin embargo, cuando llego, me veneran, se arrodillan ante mí y me traen rosas, rosas rojas. No imaginan cuan feliz me hacen, cuan bella me siento cuando veo rosas rojas en los días oscuros.Bailan y cantan para mi, se adornan con los mejores trajes inentando seducirme.

No logro entender tales acontecimientos, me temen y me aman a la vez, no saben que siento y pienso, que bailo, que respiro y lloro.No saben que tambien le temo a la muerte. pero ¿Para que preocuparme?, ¿para que cansar la mente y abrumarla con preguntas sin sentido?

Lo mejor es sentarme en esta silla, seguir acariciando el mundo y cultivando la tierra hasta el día de mi muerte...

Alicia

viernes, 28 de agosto de 2009

SINVERGÜENZA



Ja, ja , ja… que extraño me observan todos cuando camino, que disgustadas y asqueadas sus caras, que escandalizados y despavoridos, ¡acobardados!

Mi infancia fue diferente a la de ellos, se basaba en lo simple, en lo natural, en vivir -dicen algunos cristianos- “como Dios me trajo al mundo”. Nunca me obligaron a esconder el “pipi” ni a avergonzarme de ese objeto extraño que me colgaba y me hacía diferente a las “niñas”.

Pero antes me sentía más libre y menos extraño, no les importaba tanto el vestido de piel que traía encima, me es difícil entender el por qué… aún así sigo caminando, feliz, desprendido, liviano y nada de loco, porque los locos no existen. Existo yo, Efraín.

Que ignorantes aquellos hombres y mujeres, me pregunto ¿Qué hay bajo sus ropas entonces?. Privan a sus ojos de maravillarse ante la máxima expresión de armonía y perfección, ante lo que los hace SER. Se avergüenzan, pero ¿qué es eso de vergüenza?, no existe señores, está en sus mentes, ustedes le dieron forma y color y ahora la mastican, la saborean, la tragan y para colmo la dan de comer a sus hijos, los pobres no logran descubrirse y conocerse, no logran sentirse y mirarse, no logran amarse y aceptarse. Esta sociedad de nuevo ha sido víctima de su propio invento.

No es un negocio, no es mercancía, no se rifa y menos se ofrecen promociones de “2x1”, no está en oferta, no es entretenimiento, es ARTE. Quiero que me aprecien y que disfruten de este momento, arte caminando frente a ellos, en su máxima expresión, ¡qué gran día!, deberían celebrarlo, deberían sonreír, deberían enorgullecerse de todo lo que la vergüenza esconde y desvaloriza. ¡Salgan! ¡Corran!, Desnúdense ante el mundo y ante la vida, desnúdense ante la sociedad de almas insaciables y cobardes, aprendan a alimentar a sus hijos y regálenles un poquito de libertad y de amor por sí mismos, vomiten tanta vergüenza que han tragado sólo por querer ser incluidos y aceptados.

Quítense las máscaras, inclúyanse como lo que son y no como lo que han idealizado ser, no intenten venderse, no intenten salir a la calle como a una pasarela o a una vitrina de centro comercial, como muebles o electrodomésticos… No se dañen, no se llenen de plástico, enamórense y respeten su condición, mírense al espejo y logren sentirse, reconocerse, ¡maravíllense ante su desnudez!, dejen de cerrar los ojos, ábranlos tanto como sea posible para que no olviden este día memorable. Yo, por mi parte, seguiré caminando ¡SIN- vergüenza!


Alicia.

viernes, 24 de julio de 2009

LA DAMA DEL SILENCIO



Llueve, llueve, llueve. Estoy aquí, recluida en este cementerio de animales donde las luces permanecen apagadas y el sol no ha dejado ver su rostro. Respirando el aire que escasea en áreas donde solo las ratas y las cucarachas sobreviven y los olores putrefactos que dejan las cañerías por las que desfila la mierda de los que me juzgan, sólo por atreverme a decir la verdad, me obligan a olvidar lo bien que huele la tierra mojada, las hojas de hierba y el jengibre.


Condenada a cien años de soledad por revelar secretos, o tal vez por revelarme, no lo sé, pero no se trata de injusticias, se trata de que todos estarán presentes en el matrimonio del cielo y el infierno y no podré ver como Dios pone la argolla en las delicadas manos de Satanás y le jura amor eterno. Qué extraño, no haber hecho caso a la dama del silencio. Yo tenía la verdad absoluta y cuando logré vomitarla después de miles de intentos las hadas cortaron las orejas de todo ser viviente.


Muerte, muerte, muerte. Las intermitencias de la muerte me asustan, ella me espera con ansias, empieza a saborear el dolor, el llanto, la sangre. Quiere que sea su compañera en el largo viaje al centro de la tierra, donde no hay fuego ni demonios como todos imaginan. Allí, el alma se congela, los sentidos se van apagando poco a poco, hasta que solo queda piel, hueso y vacío, pero es una agonía constante y mientras más se avanza más lejos está el fin, más lejos que caminar de la tierra a la luna, más doloroso que saber que no será posible hacer realidad mi país inventado antes del fin.


No soy Alicia en el país de las maravillas, nadie va a despertarme de la pesadilla o del hermoso sueño que me consume – aún no se si lo disfruto o lo aborrezco- , ni siquiera los tres mosqueteros. Mi piel se eriza y percibe cada movimiento, es aún más real que las fuertes olas en un mar revuelto, ráfagas de viento del olvido pasan, me sigo preguntando ¿porqué encierran en una jaula a la dama del silencio? Sólo recuerdo el túnel por el que transitábamos mientras los látigos deformaban mi espalda hasta llegar a mi actual ratonera, solo me consuela saber que después empezará la madrugada.


Perdón, perdón, perdón. Ellos y ellas esperaban que saliera de mi boca dicha palabra, pero mis labios, mi lengua, mi mandíbula, mi nariz y mi garganta no lograban coordinarse para nombrarla, solo silencio, sólo, silencio. Dos hombres participaron del juicio, don Quijote de la mancha; él sabía que mi verdad era la única pero decidió callar y dejarse llevar por las multitudes, El conde de Montecristo; los ojos de hierro y el alma de agua, yo lo intuía, ahora en su vida sólo debe haber remordimiento por haberme juzgado, por haber juzgado a la dama del silencio.


María, María lo sabe todo, es mi haz bajo la manga, el cantar de cantares, mi última oportunidad. Éramos como el arte y el artesano, recuerdo cuando estábamos en el club de los martes y soñábamos con vivir la historia de Romeo y Julieta, la fantasía estaba presente por aquellos días y tratábamos de impedir que se marchara aunque muchos quisieran espantarla con esas realidades absurdas, inculcando en otros el miedo y llenando el mundo de limitaciones, fue difícil vivir la metamorfosis de mujeres soñadoras a mujeres sometidas a la mentira y el dolor, no quedaba más remedio que hacer silencio.


Locura, locura, locura. Ya me queda poco cabello, la piel está cada vez más herida y mis pensamientos incoherentes. Tiemblo, mi cuerpo trata de contenerse pero no logra hacerlo. No queda nada dentro de mí, soy solo carne; mi difícil relación con el mundo y conmigo misma me ha condenado a la soledad que ahora creo disfrutar. Tal vez termine como ese hombre alzado del suelo con las manos cruzadas sobre su estómago que al fin descansa-no sé si en paz- mientras me consume la odisea de la locura.


Sí, fui confinada a la miseria por mi irreverencia, por mí verdad, por ser un sujeto transparente y defensor de lo justo, de lo fantástico- porque estos dos no son tan aislados como parece- en esta sociedad donde no es la realidad la que se esconde sino los hombres los que se cubren con las manos los ojos. Me agotó el ir en fila india a diario y después de callar, grité todo lo que mi estomago guardaba. Nadie escuchó y por eso anhelo que María también lo haga, que aúlle como lo hice, porque tengo la seguridad de que la vida no está en esta esfera celeste que llaman tierra, la vida está en otra parte. Shh… ¡silencio! ......

Alice Reyes